viernes, 27 de marzo de 2015

LOST

Ayer noche, perdí a mi comodín. Me acompañó a casa, como tantas otras veces, me dio un casto beso de amigo y se fue, sin más. Todos los que me conocen saben que no me gustan los cambios, sobre todo sí ese cambio se carga de un plumazo mi vida sexual. La verdad es que no puedo negar que en cierto modo me lo esperaba, hace unos meses mi comodín empezó a hacer cosas muy extrañas. Nuestra hasta entonces maravillosa relación de follamigos comenzó a resultarle poca cosa. Me besaba por la calle, me cogía de la mano, me abrazaba en el teatro, me acariciaba en pelo cuando me quedaba dormida. En fin, un montón de señales que me hacían presagiar el fatal desenlace. Yo seguí como sí nada, en mi línea habitual, en mi burbuja de seguridad, entendiendo que ese tipo de situaciones no están libres de alguna que otra bajada de defensas afectiva. Del mismo modo que cuando un patito sale del cascarón, identifica como a su madre lo primero que ve, un comodín puede pensar que la chica con la que se lleva acostando 3 años es su pareja. En mi caso no, en mi caso las cosas nunca son los que parecen. Perder a un comodín es duro, muy duro, mucho más que perder a un novio, porque con un comodín puedes hacer lo que te de la gana. Me siento perdida, no existe en mi vida precedentes de un desastre mayor. Ahora, la mañana después, he caído en la cuenta de mi total falta de previsión ante tal contingencia. Me han venido a la mente los MEN IN BLACK y como no abandonan su puesto sin haber adiestrado a su sustituto. Los hombres de negro tienen mucho que ver con los comodines, cuando llegan a su punto álgido de rendimiento les entabla nostalgia, añoran el amor, hacer la compra en el súper, los problemas terrenales y mundanos, entonces sabes que ha llegado la hora de dejarles marchar.

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