jueves, 7 de mayo de 2015

VIRGINIA WOLF

Llevo varios días lée que te lée a Virginia Wolf, escudriñando a lo posesa su estilo descriptivo. He terminado por entender, porqué decidió la mujer un buen día sumergirse en el río Ouse y poner fín a todo, ya que ciertos niveles de sensibilidad y percepción deben de traer consigo también un altísimo nivel de sufrimiento. Me la imagino recorriendo las calles de Londres, empapándose del ajetreo de Kensington, sin apenas esfuerzo. Sumergida, esta vez en vida, en sus pensamientos, fumando sin parar, delgada, distante, intentando controlar sus procesos psicóticos, convenciendo a su círculo más íntimo de su evidente mejoría, de sus progresos. Me la imagino escondida tras su pluma, intentando vivir. Hace ya bastante tiempo que le perdí el miedo a la muerte, y he de reconocer que cuando eso sucede te invade una extraña sensación de paz. Al catolicismo le debemos, entre otras muchas cosas esa creencia absurda de que morir es una especie de final de GRAN HERMANO, donde te enfrentas vestido con un modelito demodé a todas tus aventuras y desventuras, sacadas de contexto. Cruzarás una puerta y tras una nube de humo, rendirás cuentas, te defenderás como gato panza arriba, explicarás torpemente porqué mentías a tus padres, porqué fuiste infiel a ese novio pluscuamperfecto, porqué coño nunca fuiste feliz a pesar de tenerlo todo, hablarás avergonzado de tu codicia, de tu egoísmo y de tu estúpida costumbre de juzgar a los demás. Diles tan solo que fuiste humano y que te dejen en paz. Desearás por un segundo haber muerto joven para tener menos cuentas pendientes, desecharás esa idea al instante.

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